domingo, 18 de junio de 2017

Notas

Estrujó la nota que acababa de encontrar pegada a la nevera con un imán. Elena y sus notas, pensó al verla. Después la leyó. Esta es mi última nota, Francisco, se que te molestaban mucho, pero ya no verás ninguna más. No me busques, no podrás encontrarme y, si lo hicieras, nunca conseguirás que vuelva contigo.
Era verdad que le molestaban las notas de Elena. Repartidas por toda la casa con los mensajes más diversos. Llegaré tarde. He ido a ver a mi madre. Tienes cena en la nevera. Compra papel higiénico. Mañana me levanto muy temprano, no hagas ruido.
Revisó toda la casa con la esperanza de encontrar la nota en la que Elena le dijera que todo era una broma, que sólo había querido darle una lección para que no se burlara más de sus notas. Pero no encontró nada. En toda la casa no había ni una sola nota. Después abrió el armario que compartían y vio que las dos terceras partes del mismo, que habían estado ocupadas por las ropas de Elena, se encontraban vacías. Esta fue la prueba definitiva. Elena se había ido. Se había ido para siempre.
Francisco fue a la mesa de Elena, la que había sido de Elena, abrió el primer cajón. Allí había varios tacos de notas de diferentes colores. Cogió el verde, su preferido, y fue dejando notas por toda la casa.


*La fotografía ha sido descargada de http://www.culturizate.com

sábado, 10 de junio de 2017

El desayuno

Después de ducharse y desayunar estaba terminando de vestirse para ir al despacho. Sintió la necesidad de ir al baño, algo que solía hacer todas las mañanas antes de salir de casa. El retortijón le pilló un poco desprevenido y apenas tuvo tiempo de sentarse en el inodoro. Esperaba que aquella inesperada diarrea no fuera el principio de una gastroenteritis. De pronto, sintió una punzada en el estómago y a continuación no pudo contener un arcada y, sin tiempo para darse la vuelta, parte de su desayuno envuelto en una masa sanguinolenta se extendió por el suelo del baño. Toda aquella sangre le dejó aterrado. ¿Qué le estaba pasando?
Una arcada más y un nuevo vómito se sumó al anterior y más sangre y restos del desayuno todavía sin digerir se unieron a los anteriores. Estaba sudando, no sabía si por lo que ocurría dentro de su cuerpo o por el pánico que le invadía.
De pronto le faltaron la fuerzas y ya no fue capaz de seguir sentado en el inodoro. Se cayó entre su propio vómito. Su cerebro, bloqueado por el miedo o porque había dejado de responder como un síntoma más de lo que fuera que le estaba sucediendo, era incapaz de centrarse en nada concreto.
La idea del móvil se hizo presente en su cabeza como un sol que en medio de la noche lo llenase todo de luz. Tenía que coger su móvil, pero era incapaz de recordar dónde lo había dejado.
En la mesita, sí, lo había dejado en la mesita. Se estaba poniendo la camisa cuando llegó aquel “guas” de Marta. Sí, eso es, tenía que salir del baño y llegar hasta la mesita. No era mucha distancia, podría conseguirlo.
Pero, no podía moverse, sus miembros no lo obedecían. Su cerebro tampoco parecía funcionar mucho mejor, se había quedado como enganchado en una especie de bucle: mesita, mensajes de Marta, mesita, mensajes de Marta.
Un nuevo espasmo seguido de un vómito de sangre pareció desatascar su cerebro. Podía ver claramente, como si tuviera el teléfono en la mano, la pantalla del móvil con los últimos mensajes que se había cruzado con su esposa hacía sólo unos minutos.
—¿Ya has desayunado? —le preguntaba ella.
—Acabo de hacerlo —le respondió, rematando la frase con una carita que lanzaba un beso con forma de corazón.
—No debiste hacerlo.
Él le respondió con una carita pensativa.

Su cerebro avanzó un poco más. No sabía cuánto había tardado, porque había perdido por completo la noción del tiempo, pero su cerebro le estaba dando la respuesta: Marta, la muy zorra, por fin lo había hecho.  

*La fotografía está tomada de escandala.com

domingo, 29 de mayo de 2016

Pesadillas

Despertó con un dolor taladrándole el cerebro. Abrió los ojos, estaba tumbado sobre el suelo, unos metros más allá vio una botella vacía caída  sobre un pequeño charco.
Se levantó con gran esfuerzo. Caminó hasta la cocina conteniendo apenas las arcadas de su estómago, abrió el frigorífico, sacó un bote de cerveza y bebió con avidez. El dolor de cabeza persistía, pero las arcadas casi desaparecieron.
Bajó la cremallera del pantalón y fue hurgando en su entrepierna mientras se dirigía al baño. Su vejiga ganó la batalla y la orina se derramó por el suelo del baño hasta que pudo llegar al inodoro y dirigir el chorro a su interior. Se apoyó en la pared con la palma de la mano que tenía libre y cerró los ojos mientras sentía el alivio de su esfínter y los pies húmedos sobre el suelo.
Se desnudó, descorrió la cortina de la bañera. Ella seguía allí con la cara machacada, tal como había soñado.
La pesadilla se había hecho realidad.

domingo, 15 de mayo de 2016

La Casa Grande

Desde el coche contempló la casa que coronaba la pequeña loma. La Casa Grande. Siempre la había llamado así cuando era niño y ahora, después de más de veinte años, no podía recordar el nombre de la finca que estaba tallado en la piedra de uno de los pilares de la entrada.
Aparcó el coche en una de las calles que conducían a la plaza mayor, ahora reservada para los peatones que ya no había en el pueblo, porque éste moría lentamente con cada vecino  que lo abandonaba camino del cementerio o del asilo.
Desde la plaza mayor tomó la calle que subía, no del todo recta, hasta la entrada de la casa.
Recordaba cuando, junto a los demás niños del pueblo, se agolpaba a la entrada de la finca para ver llegar a los coches procedentes de la capital para asistir a alguna de las fiestas que allí se celebraban, y cómo enseguida llegaba el jardinero y los alejaba de malos modos. Ellos salían corriendo hasta la casa de enfrente y se quedaban allí apostados, burlándose de aquel hombre que los miraba amenazador.
Si no fuera por las fiestas y por los balones, sobre todo por los balones, la Casa Grande habría pasado desapercibida para los niños de su edad; pero la Casa Grande era para ellos un suplicio, siempre pendientes de que el balón no pasara por encima de la verja y fuera a caer dentro de la finca, porque nadie se lo iba a devolver.
La primera vez que Armando vio cómo su balón se perdía dentro del jardín, no se resignó y se fue corriendo a su casa para contarle a su padre lo ocurrido. Su padre era fuerte y él lo había visto más de una vez enfrentarse a alguno de sus vecinos. Sin embargo, esta vez su padre levantó la cabeza, lo miró fijamente a los ojos y le dijo: <<Ya les llegará su hora>>.
Armando vio con toda claridad el odio reflejado en los ojos de su padre.
Había llegado a unas decenas de metros de la casa y desde allí pudo ver los claros signos de su decrepitud: las puertas y ventanas estaban descoloridas si apenas rastros de pintura, algunas hierbas asomaban por los bordes del tejado y el jardín estaba totalmente invadido por la maleza. La en otros tiempos impresionante verja se encontraba cubierta de óxido y no quedaba el menor rastro de la pintura negra de los barrotes, ni de la dorada de las puntas de sus extremos superiores.
A su derecha, enfrente de la entrada, vio un pequeño bar con dos mesas vacías en el exterior esperando que la caída del sol, ya próxima, animara a algún cliente a ocuparlas.
Armando se sentó ante una de ellas.
Cuando había consumido la mitad de su cerveza el sol se ocultó detrás de la casa y casi al mismo tiempo una de las ventanas de la planta baja se iluminó con un débil luz amarillenta.
No se había equivocado, la casa estaba habitada.
Esperó un poco más hasta que las sombras se adueñaron del entorno. Entonces se levantó, dejó dos monedas sobre la mesa y se fue caminando dejando la finca de la Casa Grande a su izquierda. Cuando llegó a la parte posterior la oscuridad era total. Se acercó a la verja y esperó. Si dentro hubiera algún perro se acercaría para comprobar quien merodeaba por allí o ladraría tratando de ahuyentar al intruso. Todo siguió en silencio.
Se desprendió de la mochila que llevaba a la espalda y la colgó de la parte superior de la verja. Después pasó él por encima y cuando estuvo al otro lado se quedó de nuevo inmóvil y agazapado, escuchando. Ni rastro de perros.
Descolgó la mochila, era pesada, pero prefirió llevarla colgando de sus manos delante de él. Si lo descubriesen podría dejarla caer y estaría libre para defenderse o para salir corriendo si fuera necesario, sin el estorbo que supondría llevar veinte kilos a la espalda.
Llegó hasta la fachada posterior de la casa, comprobó que todas las ventanas estaban cerradas, al menos las que estaban cerca de donde él se encontraba. Era una lástima, pero no iba a entretenerse con más comprobaciones y arriesgarse a que lo sorprendieran.
Dejó la mochila debajo de la escalera de la entrada trasera. El lugar era discreto, pero tampoco tendrían mucho tiempo para descubrirla.
Desanduvo el camino y pasó de nuevo por encima de la verja, ahora hacia el exterior, casi por el mismo punto por el que había entrado. Después, caminando despacio y con las manos en los bolsillos se dirigió hacia el coche. Las dos mesas del bar seguían esperando tiempos mejores.
Apenas reconocía nada del pueblo de su infancia. Su familia hacía tiempo que se había ido de allí y los pocos que no lo hicieron ya hacía años que no se encontraban entre los vivos.
Cuando llegó a la plaza mayor se volvió para mirar atrás. Sacó un teléfono móvil del bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Escribió un mensaje de texto “Ya les ha llegado su hora, padre”. Miró por última vez la Casa Grande y pulsó enviar en la pantalla de su teléfono. La explosión fue seguida de unos segundo de silencio y después de la algarabía de todos los perros del pueblo ladrando. Armando dio media vuelta, se encogió de hombros y siguió caminando hasta el coche.

lunes, 2 de mayo de 2016

Elena

La imagen de Elena apareció en la pantalla del teléfono móvil anunciando su llamada. El corazón de Andrés comenzó a latir desbocado. Habían sido muchos meses de mensajes de whatsapp con un “¿cómo estás?”, un enlace a algún artículo que sabía que le interesaba, algún meme divertido, algún “si quieres tomar un café…”... Diferentes formas de decirle “sigo aquí, te echo de menos”. Eran dos o tres a la semana, no quería agobiarla. Pero nunca tuvo respuesta. Desde sus últimas palabras, apoyada en la barandilla de la Escalerona: “Te dejo, Andrés, no puedo soportarlo más”, nunca había vuelto a hablar con él de ninguna manera.
Andrés intentó que se explicara, que le dijera qué había pasado; por qué rompía de aquella manera una relación de casi cuatro años. Pero ella, siguió obstinadamente callada, mirándolo con los labios fruncidos, como si él fuera culpable de algo que sólo ella sabía. Hasta que, por fin, se fue dejándolo allí frente al mar gris y agitado que presagiaba tormenta.
La imagen de Elena seguía riendo en la pantalla.
-¿Quién es, cariño, por qué no lo cojes?
-No conozco el número. Si es un cliente podrá esperar hasta mañana.


La fotografía está tomada del blog gijonenelrecuerdo.blogspot.com 

sábado, 30 de abril de 2016

¿Cuántas veces?

Terminó de limpiar el cuchillo asegurándose de que no quedara ningún rastro de sangre y lo dejó de nuevo en el cajón de los cubiertos.
-¿Has terminado,cariño?-oyó la voz de su mujer.
Retorció con rabia el paño de cocina con el que se estaba secando las manos, lo arrojó a un rincón, abrió el cajón de los cubiertos, cogió con furia el cuchillo que acababa de dejar en el cajón y se dirigió de nuevo al piso de arriba. Sus hombros parecían hundidos por una pesada e invisible carga.
<<¿Cuántas veces tendría que hacerlo para dejar de oír aquella maldita voz?>>, se iba preguntando.

sábado, 11 de julio de 2015

Fatalidad

Todo empezó a ir mal un día normal, como tantos otros. En el trabajo, a media mañana, su jefe lo llamó a su despacho para decirle que el proyecto en el que había estado trabajando los últimos dos meses casi a tiempo completo había sido descartado por la dirección y, lo que era más importante para su futuro, no les había parecido nada bien que le hubiera dedicado tanto tiempo.
--En realidad dijeron perder –le dijo--, que hubieras perdido tanto tiempo.
A Lucas no le pasó desapercibido que su jefe utilizara siempre la segunda persona del singular, cuando hasta ayer mismo siempre había utilizado la primera del plural para referirse al proyecto.
Salió del despacho con la cabeza dándole vueltas y con una sensación en el estómago a la que no quería llamar miedo, aunque sabía que era eso: miedo, puro miedo.
En cuanto pudo abandonó la oficina y regresó a casa. No tenía ganas de hablar, pero sí de acurrucarse al lado de Elena y que ella le pasara los dedos por las sienes y entre su pelo, como hacía a veces cuando él llegaba a casa agotado por un día de intenso trabajo.
Pero esa tarde Elena estaba poco dispuesta a ser la compañera cariñosa y compresiva y casi nada más atravesar la puerta abrió la caja de los reproches y echó todo su contenido encima de Lucas sin que éste entendiera qué estaba ocurriendo. Casi una hora después acabó por averiguar que se había olvidado, por enésima vez, de que ese día era Santa Elena. Lucas no había felicitado a su esposa y, por supuesto, no había comprado ningún regalo ni tenía preparada ninguna sorpresa.
Pero no todo terminó ahí. Con su tercer güisqui en la mano y tratando de olvidar que se sentía como guiñapo que, seguramente, en pocos días pasaría a ser un anónimo parado más en un país de casi cinco millones de personas sin empleo, se encontraban en el salón mirando al televisor sin prestar ninguna atención al mismo cuando oyó romperse un cristal en la parte de atrás de la casa.
Sus sentidos se pusieron alerta. Se levantó con sigilo tratando de escuchar algún ruido más que le confirmase lo que suponía. Creyó oír algunos susurros y el chasquido de cristales al ser pisados. Antes de salir del salón tomó un candelabro de la mesa del comedor, lo sopesó unos momentos en su mano y decidió que podía ser adecuado para golpear a los intrusos. Caminó pegado a la pared del pasillo, pero sin rozarla, la casa estaba en silencio y el roce de la tela podía ser suficiente para delatar su presencia. Llegó a la puerta de la cocina. Se detuvo a escuchar lo que ocurría al otro lado de la pared. Murmullos, ruido de cristales y pasos de alguien que se movía inseguro por la estancia. Se agachó y se asomó con cuidado. Lo vio en medio de la cocina, agachado, como si buscara algo en el suelo. Se acercó a él lentamente, levantó el candelabro que llevaba en su mano derecha preparándose para descargar toda la furia que tenía acumulada contra el ladrón, qué otra cosa podría ser alguien que se había colado en su casa a medianoche rompiendo el cristal de una ventana.
Estaba ya encima de él cuando éste giró la cabeza e intentó incorporarse. Lucas, asustado, golpeó con el candelabro con todas sus fuerzas. Mientras su brazo descendía cargado de furia oyó la voz de su hijo:
--¡Papá, ¿qué...?
Lucas sintió un ruido sordo y una extraña sensación en su mano cuando el candelabro impactó contra el cráneo de su hijo.