sábado, 30 de octubre de 2010

Otoño


Las temperaturas empezaban a bajar y por las noches ya no era agradable permanecer al aire libre. La lluvia volvía  aparecer con mucha frecuencia y ahora le molestaba y le complicaba la vida, pero, sobre todo, le irritaba recordar cuánto le gustaba ver llover desde la ventana de su casa.


Las hojas de los árboles revoloteaban por las aceras agitadas por un viento frío que atravesaba la ropa, la piel, la carne y helaba los huesos.


Las miradas de los transeúntes, que caminaban de prisa, absortos en sus preocupaciones, en su afán diario, reflejaban lástima, desprecio, aversión, hasta odio, pero rara vez pena o conmiseración.


Abrió el cartón de vino que tenía a su lado, dio un largo trago que pasó sin saborear y se limpió los labios con la manga de su chaqueta.


Alguna de aquellas miradas todavía lograba herirle un poco si la ración de alcohol no había sido suficiente. Todavía sentía temor y vergüenza cuando veía acercarse a alguna persona conocida que fingía, como él, no ver, no reconocer.


Eso era lo que más le dolía, lo que trataba de olvidar día tras día, trago a trago. Algún día él también había sido uno de ellos, aunque hacía tiempo que ya no recordaba cómo  había llegado a aquella situación.

martes, 26 de octubre de 2010

Sueños

El choque fue brutal, atrapado entre los hierros, no podía hacer ningún movimiento para salir del coche. Podía notar las convulsiones y, aunque no sentía ningún dolor, o quizás precisamente por eso, suponía que su estado podía ser muy grave.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que comenzó a oír voces a su alrededor, después las sirenas de los coches de policía o de las ambulancias, y también alguno de bomberos, porque pronto los vio por la ventanilla que tenía a su lado y que, sorprendentemente, se encontraba intacta. Le decían que estuviese tranquilo, que enseguida le sacarían de allí.
Pero él no estaba nervioso, sólo estaba asustado, muy asustado. Las voces cada vez eran más débiles y acababa de comprobar que tampoco podía hablar.
Notó, o creyó notar, no estaba seguro, cómo un líquido caliente corría por una de sus pantorrillas y el miedo empezó a transformarse en pánico. No sabía si era sangre o que sus esfínteres no funcionaban. Tampoco estaba seguro de cuál de esas dos posibilidades le preocupaba más.
La chapa del coche empezó a crujir mientras era cortada por la cizalla de los bomberos, pero él apenas oía ningún ruido…
Terriblemente angustiado y empapado en sudor se despertó sintiendo de inmediato el alivio de saber que todo era una sueño.
La habitación estaba oscura. Giró la cabeza a un lado y a otro buscando alguna rendija de luz que le orientara.
Sólo un segundo antes de que una enfermera entrara corriendo en la habitación, vio a la izquierda de la cama, un poco por encima de su cabeza, el monitor con la línea blanca horizontal.

martes, 19 de octubre de 2010

¿Por qué?

Paseaba por el cementerio, desierto como siempre a esas horas. Se entretuvo leyendo las lápidas, muchas con nombres conocidos: amigos, familiares más o menos cercanos, vecinos...

Por fin llegó, como cada anochecer, hasta la tumba de su esposa. Leyó la lápida que se sabía de memoria y se sentó en una esquina de la tumba.

¿Por qué ya no sentía la pena inmensa que le embargó durante los primeros años de ausencia?

¿Por qué la lágrimas ya no se escapaban de sus ojos sin permiso, como ocurrió durante tanto tiempo?

- ¿Por qué no vuelves a tu tumba y dejas de andar por ahí como alma en pena? - le recriminó dulcemente la voz de su esposa.

lunes, 18 de octubre de 2010

Ilusión

Creía estar tocando el cielo con las manos hasta que el mar lo engulló sin remedio.

sábado, 16 de octubre de 2010

Calles

Si no hubiese sido por él, Elena quizás no habría salido a flote, pero tuvo la suerte de encontrarlo y su vida cambió radicalmente. En la caja del supermercado se le iban las horas pensando, soñando, planeando el resto de su vida al lado de Iván. Su sonrisa despistada y su cara de ensoñación permanente había conquistado a la mayoría de las clientes, aunque alguna se quejaba de que era demasiado sosa, quizás porque no prestaba atención a sus cotilleos.