martes, 22 de febrero de 2011

Calidad de servicio

Desde la ventana del hotel se veía el paisaje desolado de las calles vacías alumbradas por las luces amarillas de las solitarias farolas.
Las ventanas de los edificios, a obscuras, no mostraban ningún signo de vida.
De pronto llegó un coche. Se detuvo en doble fila delante de uno de los portales. Sí, ahora, lo veía bien, era un coche fúnebre.
Dos hombres descendieron con pereza de la parte delantera, llamaron a un timbre y a continuación se acercaron a la parte trasera del coche y sacaron un ataúd.
Una de las ventanas del edificio se iluminó, se descorrieron las cortinas y el perfil de una persona, quizás una mujer, se recortó ante los cristales.
La mujer, ahora estaba seguro, abrió la ventana de par en par y en un movimiento extraño se elevó unos cuantos centímetros y se precipitó al vacío.
Los empleados de la funeraria miraron el reloj. El huésped abrió su ventana a tiempo para oír a los dos hombres.

- Ahora a esperar por el juez – dijo uno.

- A ver cuando ponen en los juzgados un servicio a la carta como el nuestro y el juez ya está esperando por el muerto como nosotros – dijo el otro.

- Para eso tenían que privatizar la justicia... - dió una calda al cigarrilo antes de añadir - mientras sean funcionarios...

sábado, 19 de febrero de 2011

Mal gusto

El sol arrancaba destellos dorados a sus cabellos. Su piel blanquísima adquiría con aquella luz un color sonrosado y hasta sus labios parecían tener un rojo intenso.

El graznido de un cuervo lo sacó de su ensimismamiento, comenzó a alejarse lentamente y, como si hablara consigo mismo, se encogió de hombros. Siempre le ocurría lo mismo: le parecían mucho más guapas muertas que vivas.

martes, 15 de febrero de 2011

Cualquier día puede ser San Martín

Llevaba varios días muy preocupado, dando vueltas y más vueltas a su último proyecto. La tecla de retroceso de su ordenador estaba sensiblemente más gastada que el resto y no terminaba de decidirse.
¿Cuántas personas serían necesarias? ¿Cuántas debería sacrificar esta vez al dios de la competitividad y del mercado?
Ya había pasado varias veces por una situación similar y siempre había salido airoso. Sabía que todos en la empresa le llamaban “Terminator”, pero él era el más veterano y muchos pardillos habían ido cayendo uno a uno.
Dos discretos golpes en su puerta le sacaron de su ensimismamiento. Levantó la cabeza y vió la cara de su secretaria; anotó mentalmente que debía acordarse de incluirla en la relación.
- Don Julián desea que suba a verlo en cuanto pueda - dijo, y por su rostro pasó una sombra de compasión.
Él no lo notó porque había cerrado los ojos y se había agarrado a la mesa con todas sus fuerzas. Sabía muy bien lo que significaba aquella frase: esta vez le había tocado a él.

domingo, 13 de febrero de 2011

El último tren

Decidió aferrarse a él convencida de que era su último tren, pero no se dio cuenta de que no paraba en su estación y el convoy la arroyó sin remedio.

sábado, 12 de febrero de 2011

Desesperando

Sentía el miedo en la boca del estómago, era una sensación física que le provocaba náuseas y le producía momentos de ansiedad y pánico que su cuerpo desorientado combatía con sofocos que le dejaban empapado en sudor y que se repetían cada vez con más frecuencia.
Hasta el momento, nadie le había dicho nada; pero eso no lo tranquilizaba en absoluto porque cada día que pasaba estaba más convencido de que sólo era cuestión de tiempo que lo avisaran de que debía subir al departamento de personal.

jueves, 3 de febrero de 2011

Angustia

Despertó desorientado sin saber donde se encontraba. Abrió los ojos, pero la obscuridad era completa. Con los sentidos algo más despiertos, notó el silencio como si tuviera consistencia, como si pudiera oírlo. Movió las manos y notó a ambos lados una superficie acolchada y rígida; las levantó apenas unos centímetros por encima de su cuerpo y chocaron con una superficie de tacto similar.
La angustia se iba apoderando de él al tiempo que se iba formado en su cerebro la idea de que estaba encerrado en un cajón poco mayor que su cuerpo.
Trató de mantener la calma. Sus manos repasaron las paredes que le rodeaban y la información que llegaba a su cerebro se concretó en una palabra: ataúd. Eso es, estaba en un ataúd.
Con sus manos empujó la tapa hacia arriba, pero apenas se movió. La idea de que podía estar enterrado le produjo un ataque de angustia y comenzó a sudar.
Se calmó un poco. Empujó de nuevo la tapa hacia arriba con una sola mano, con la otra buscó la pequeña rendija que se había abierto y logró sacar los dedos. Los dobló y los deslizó a los largo de la ranura, pero no notó nada. Sintió un cierto alivio, si estuviera enterrado sus dedos habrían tocado la tierra que estaría cubriendo el ataúd.
Oyó el ruido de un motor, sintió una leve vibración y le pareció que se movía. De pronto notó un olor a madera quemada, justo antes de que el extremo del ataúd comenzara a arder. Presa del pánico se puso gritar con todas sus fuerzas, pero unos segundos después un dolor insoportable subió por sus piernas junto con un intenso y desagradable olor a carne quemada y sus gritos se ahogaron en su garganta.
Cuando las llamas alcanzaron las rodillas, su corazón se paró.