viernes, 22 de abril de 2011

Laura

Veía la lluvia golpear con fuerza contra los cristales de la cafetería. Era una tormenta de primavera que le hacía sentir ese extraño vértigo que producen los “déjà vu”.

Hacía sólo unas horas que había vuelto a Gijón después de muchos años. Nada más descender del tren notó la humedad del aire y olió, o creyó oler, el mar cercano. Por alguna razón, quizá el efecto evocador del olfato, los recuerdos le asaltaron, sin que esta vez fuera capaz de mantenerlos a raya.

Laura llegó después de él, pero esta vez no se sentó a su lado. A Juan le hizo gracia y pensó que estaría enfadada con él por algún motivo que, como otras veces, él ignoraba por completo.

  • ¿No te sientas a mi lado? - preguntó con una sonrisa.

  • Estoy mejor aquí – le contestó seria, sin mirarle.

  • ¿Lo de siempre? - preguntó el camarero.

  • No – dijo Laura – yo tomaré una caña.

  • Muchos cambios de repente – bromeó Juan.

  • No lo sabes tú bien – el tono de Laura era duro y sus ojos, esta vez si le miró, tenían el color gris de los momentos tormentosos que Juan reconoció de inmediato.


El silencio se prolongó el tiempo que el camarero tardó en servirles. Juan la miraba con curiosidad, mientras Laura permanecía obstinada con su mirada fija en el mármol de la mesa.

  • Te dejo – le dijo Laura sin mirarlo, en cuanto el camarero les dio la espalda.

  • No entiendo.

  • Es sencillo: esto se acabó.

  • Vuelves con él – Afirmó Juan, que parecía haber encontrado la clave.

  • Sí.

  • No va a durar, lo sabes.

  • No me importa.

  • Te dejará otra vez.

  • Tú que sabes.

  • Ya lo ha hecho antes.

  • No quiero hacerte daño, Juan.

  • ¿No quieres hacerme daño? - Juan trataba de no levantar la voz.

  • Es igual – dijo Laura al tiempo que se levantaba.

  • Espera – le dijo, mientras la retenía suavemente de la mano - Todos los martes, a esta misma hora, te esperaré aquí mismo, por si decides volver.


Laura no volvió. Juan dejó de esperarla después de algunos martes. Su trabajo le llevó lejos de Gijón. Se casó, tuvo tres hijos. Enviudó. Sus hijos vivían en tres países distintos y, después de muchos años, se encontró solo.

Hacía dos semanas que le habían jubilado. Estuvo varios días noqueado, arreglando papeles como si viviera la vida de otra persona. Cuando terminó todos los trámites se encontró en su casa sin saber qué hacer. De pronto, vio el anuncio en televisión: “Asturias. Lo dice todo el mundo”. Asturias. Gijón. ¿Cuánto tiempo hacía que no había vuelto? La última vez había ido al entierro de su madre. Un viaje rápido. El tanatorio. Una noche en la casa de sus padres. El entierro. Las instrucciones a un familiar para que pusiera la casa en alquiler. Y de regreso a su mundo.

El caso es que no pudo recordar con exactitud cuántos años habían pasado: cinco, siete; algo así. Podría consultar su agenda, allí estarían los apuntes de entonces. Pero qué más daba.

Se conectó a internet, buscó los billetes para viajar a Gijón y bloqueó sus recuerdos para que no le molestaran durante el viaje. Pero ahora estaba en la estación paralizado por el recuerdo de la última tarde con Laura.

  • ¿Necesita un taxi, señor? - la voz del taxista le sacó a medias de su ensoñación.

  • Sí... Sí, desde luego.


El taxista colocó el equipaje en el maletero y ya en el coche preguntó:

  • Usted dirá – dijo, mientras miraba al pasajero por el espejo retrovisor.

  • ¿Sigue existiendo el México Lindo?

  • ¿La cafetería de El Muro? Por supuesto, allí sigue, como siempre.


Tras un breve silencio el taxista intentó entablar conversación.

  • ¿Hace mucho tiempo que no ha estado aquí?

  • Sí, mucho tiempo – dijo distraído.


La ciudad pasaba ante él, desconocida. Ni siquiera estaba seguro de no confundir los edificios que creía recordar con los de alguna de las decenas de ciudades que había visitado a lo largo de su vida. Por fin vio el mar, pero enseguida el taxi volvió a adentrarse por calles entre edificios. El taxista observó por el espejo la confusión de su cliente y se apresuró a aclarar:

  • Cosas del ayuntamiento. Enseguida volvemos al paseo marítimo. Se empeñaron en salvar ese edificio que se cae a trozos y por eso tenemos que dar este rodeo.


El mar volvía a estar al frente y en cuanto el taxi giró a la derecha, vio el edificio de la cafetería, remozado, pero tal como lo recordaba.

No podía saber si el interior del local había cambiado; suponía que sí porque el mobiliario y las paredes difícilmente habría aguantado tantos años. Se sentó en una mesa a lado de la cristalera justo en el momento que comenzó a descargar la tormenta.

De pronto su corazón dio un vuelco al escuchar a su espalda.

  • ¿Lo de siempre?


Miró hacia atrás y vio al camarero atendiendo otra mesa. Sonrió burlándose de su propia estupidez, pero no pudo impedir que los recuerdos lo asaltaran de nuevo.

Laura se había ido a vivir con Andrés pocos meses después y aunque él quiso aparentar que no les guardaba rencor, no pudo seguir comportándose como si nada hubiera pasado y, poco a poco, se fue alejando; hasta que cambió de amigos, primero, y de ciudad, después.

La tormenta parecía haber pasado o quizás sólo daba una tregua.

  • No has venido todos los martes – oyó a su espalda.


Se giró y tardó apenas una décima de segundo en reconocerla. Quiso decir algo, pero su boca quedó entreabierta sin emitir sonido alguno.

  • Yo sí he venido todos los martes de los últimos veinte años – volvió a hablar ella.


Juan se levantó, pero continúo enmudecido y terminó por señalarle la mesa invitándola a sentarse. Se sentaron.

  • ¿Tampoco esta vez te sientas a mi lado? - y sonrió para que no sonara a reproche.


Laura no dijo nada.

Fuera había oscurecido. La lluvia arreciaba de nuevo y el agua resbalaba por la imagen de sus rostros reflejada en el cristal.

miércoles, 13 de abril de 2011

Destino

Salió decidido a encontrarla, pero cuando por fin la tuvo delante sintió miedo y quiso huir, pero ya era tarde, ella también le estaba esperando.

miércoles, 6 de abril de 2011

Valor

Paseaba con la angustia oprimiendo su pecho, incapaz de sobreponerse a aquella sensación tan familiar, cuando le apetecía echarlo todo a rodar, pero sabiendo que no sería capaz de hacerlo.
Pero esta vez algo sí cambiaría, no se quedaría de nuevo con el sabor amargo de haberse dejado vencer sin tan siquiera luchar.
Camino a casa, cambió de idea muchas veces, tantas como se volvió a reafirmar en su idea inicial. Dio algunos rodeos deliberados para retrasar el momento y, en última instancia, entró en el supermercado y compró el güisqui más caro de la tienda. No lo quería para darse valor, sino para la celebración posterior.
Llegó a su casa, le dio un beso a su mujer y le dijo:
- Ha llegado el gran día.
Ella siguió enfrascada en su trabajo sin hacerle demasiado caso. ¿Cuántas veces le había dicho lo mismo? ¿Cuántas, ella, creyó haberle convencido para verlo arrepentirse de nuevo?
Mientras encendía el ordenador se sirvió un generoso vaso de güisqui con cuatro piedras de hielo. Se sentó ante la pantalla y abrió el documento; miró al pie de la página del tratamiento de textos: 348 páginas. Deslizó la barra lateral hasta que llegó a la última página y escribió “FIN”.

viernes, 1 de abril de 2011

Costumbre

Cuando ella le dijo que ya no le quería, sintió nauseas, sus pulmones se quedaron sin aire y él sigue pensando que su corazón llegó a detenerse durante un instante.

Cuando su sangre volvió a regar su cerebro y fue capaz de articular algún sonido inteligible hacía horas que ella le había abandonado.

Pensó que no soportaría el dolor de estar sin ella, que no podría seguir viviendo con aquella angustia, que la vida se le haría insoportable...

Pero fue mucho peor: se acostumbró.