viernes, 27 de mayo de 2011

Sensaciones

Sentía el frescor de la brisa, el olor a hierba recién segada y las voces de los niños jugando en el patio de un colegio cercano. Era en momentos así cuando lamentaba estar muerto.

jueves, 26 de mayo de 2011

Estrecheces

Su mundo se había estrechado de tal forma que se veía obligado a andar siempre de perfil.

martes, 24 de mayo de 2011

Perdedor

Abrió la puerta aparentando una decisión que estaba lejos de tener y se encontró con una estancia desierta.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cuento adulto

A Pedro le gustaba decir que las ovejas habían salido corriendo detrás de los lobos y que éstos habían huido asustados.

Sus vecinos le tomaban por loco y no le hacían caso, pero él les decía: "un día las ovejas perseguirán a los lobos y no me creeréis".

Por fin un día regresó al pueblo a media mañana y encontró a los vecinos reunidos en la plaza.

¿Dónde están tus ovejas, Pedro? - le preguntaron sus vecinos.

Él se encogió de hombros y les dijo:

- Ya lo sabéis, se han ido persiguiendo a los lobos. Y vosotros, ¿qué hacéis reunidos en la plaza? - les preguntó.

- Pedimos la dimisión del alcalde.

- Os lo dije - les respondió, al tiempo que, con las manos en los bolsillos, daba media vuelta y se iba calle abajo.

 

 

viernes, 13 de mayo de 2011

Colores

El cielo tenía un color gris plomizo. La mar estaba de un verde oscuro que resultaba inquietante. Sus presentimientos eran negros. La única nota discordante la ponía Edith Piaf con “La vie en rose”. O no.

lunes, 2 de mayo de 2011

Juan


Laura llegó a la cafetería y se sentó en una mesa al lado de la cristalera. Fuera había empezado a llover y el cielo plomizo se juntaba con el mar a pocos metros de la playa.


Los días grises y lluviosos le gustaban porque la sumían en una dulce melancolía, pero ese día el sentimiento se había intensificado hasta hacerla sentir muy triste, sin motivo.

Allí se veía con Juan cuando eran dos jóvenes, demasiado jóvenes. Allí le había dicho que ya no lo quería y que volvía con Andrés y allí regresaba cada martes desde hacía veinte años.

Todo había empezado como una broma que se había gastado a sí misma un día que recordó lo que le dijo Juan aquella tarde: “ Todos los martes, a esta misma hora, te esperaré aquí mismo, por si decides volver”. Era asombroso cómo había recordado aquella frase, y todas las que se dijeron aquel día, con toda claridad.

Por supuesto que Juan no estaba. Laura sabía que se había ido a trabajar fuera de Gijón un par de años después y no había regresado más que en unas pocas ocasiones por algún compromiso familiar. Regresos esporádicos y fugaces para cumplir con los trámites imprescindibles en el menor tiempo posible. La última vez que lo había visto fue en el tanatorio cuando le dio el pésame por la muerte de su madre.

Pero se encontró a gusto allí y regresó todas las tardes de cada martes hasta que se convirtió en una rutina que le costaba evitar.

Su días transcurrían llenos de pequeñas rutinas que se repetían cada día, cada semana, cada mes o cada año. A su edad no había lugar a muchas aventuras y repetir las mismas pautas le daban la seguridad y el aplomo que los años comenzaban a robarle.

El camarero se acercó:

  • ¿Lo de siempre? - preguntó.


Laura vio al hombre que se había sentado en el mesa delante de ella volver la cabeza. Entonces reconoció a Juan, pero éste no pareció haberla visto.

El recuerdo de aquella tarde regresó de nuevo, con toda nitidez.
Laura salió a la calle y cruzó al otro lado del paseo. Las olas rompían con fuerza y el agua del mar pulverizado se mezclaba con el de la lluvia y mojaba la cara de Laura disimulando sus lágrimas. Pensaba que se sentiría mejor después de decírselo a Juan, pero, por el contrario, se sentía terriblemente triste.

Caminaba con el paraguas cerrado sin hacer caso de la lluvia que le había empapado la ropa y no recordó que había quedado con Andrés hasta que, ya en su casa, se metió bajo la ducha para entrar en calor.
En la cafetería, Laura y Juan se miraban a los ojos en silencio buscando a la persona que habían conocido hacía más de cuarenta años esperando encontrar en ella el rastro de sí mismos.

Cuando el silencio se les hizo incómodo se fueron poniendo al día de sus propias vidas y con retazos, anécdotas y pasajes más detallados, fueron recomponiendo cada uno la vida del otro, hasta que el camarero se acercó a decirles que tenían que cerrar. En ese momento se dieron cuenta de que la cafetería estaba vacía y de que las sillas habían sido colocadas encima de las mesas para poder limpiar el suelo con más comodidad. Juan miró su reloj y comprobó asombrado que llevaban allí sentados más de cinco horas.

  • ¿Donde vas a dormir? - le preguntó Laura.

  • He reservado un hotel; espero que me hayan guardado la habitación.

  • ¿No vas a tu casa?

  • No sé cómo estará. Ni siquiera sé si está alquilada. Mañana empezaré a ponerme al día.

  • ¿Quieres que te acompañe?

  • Sería yo quien debería acompañarte a tu casa.


Se despidieron después de intercambiarse sus números de teléfono y de quedar en llamarse al día siguiente. Laura le había prometido acompañarle a redescubrir su ciudad y a llamar a algunos amigos de entonces, pero Juan le hizo prometer que no lo haría hasta que él se lo dijese. No se encontraba preparado para interpretar el papel del emigrante retornado. De hecho, ni siquiera estaba seguro de que fuera a quedarse más que unos pocos días.

Laura fue caminando lentamente hasta su casa recordando partes de la conversación y sintiéndose algo estúpida al sentirse embargada por la ilusión de volver a ver a Juan al cabo de unas pocas horas.