domingo, 30 de octubre de 2011

Con un trozo de tiza y un cuchillo

Con "Con un trozo de tiza y un cuchillo" inicio una idea a la que llevo dando vueltas desde hace unos meses: dar cabida a aquellos que queráis enviar vuestras colaboraciones.

En esta ocasión la propuesta es que enviéis un microrrelato por correo electrónico con las siguientes características:

a) extensión no superior a 500 palabras. Creo que es una extensión razonable para un micro, pero que nadie deje de enviarlo ni se vea obligado a mutilarlo si excede ese tamaño, por favor, tenemos espacio.

b) debe contener las palabras "tiza" y "cuchillo"

c) la dirección de envío: blog@ebude.es

d) el correo debe configurarse de la siguiente manera:

Asunto: Con un trozo de tiza y un cuchillo

Cuerpo del mensaje: iniciarlo con el título del microrrelato y a continuación el texto del mismo. La última línea debe ser el nombre que debe figurar como autor.

Según vaya recibiendo los micros los iré poniendo aquí al lado, en la página que lleva el título de esta propuesta "Con un trozo de tiza y un cuchillo". También procuraré responder al correo del que lo he recibido informando cuando esté "colgado".

Sólo me queda animaros a escribir y a que difundáis esta iniciativa entre aquellos que creáis que pueden estar interesados en colaborar.

lunes, 17 de octubre de 2011

Confianza

Rodeó la casa antes de decidirse a entrar. Trató de ver a través de las ventanas lo que estaba ocurriendo en su interior, pero era inútil, las persianas estaban bajadas y apenas ve veían unas rendijas de luz en la parte superior.
La llamada lo había trastornado. Nunca pensó que sentiría los celos que ahora mismo le estaban volviendo loco, hasta el punto de que se creía capaz de cometer cualquier barbaridad.
Por fin se decidió a entrar. El silencio que invadía la casa le confirmó la veracidad de lo que le había dicho el anónimo comunicante.
Subió a la habitación, abrió la puerta violentamente y encontró la estancia vacía y a obscuras.
- ¡Juan! ¿eres tú? - oyó a su mujer preguntar desde el piso inferior.
Se sintió como una cucaracha. Una llamada de un desconocido contándole una patraña había derribado la confianza en su mujer acumulada durante veinte años de matrimonio.
Se calmó, dibujó una sonrisa forzada en su cara y se dispuso a bajar.
En ese momento, alguien le dio un fuerte empujón y rodó escaleras abajo.
- ¿Crees que estará muerto? - dijo el hombre.
- No podemos arriesgarnos, ¡hazlo!  - ordenó ella, sin un temblor en la voz.
Cuando oyó el chasquido del cuello de su marido al romperse, no pudo evitar que una extraña sonrisa iluminara su rostro.
El hombre, al verla, supo lo que era el miedo.

sábado, 8 de octubre de 2011

Novios

Quedaron de verse junto a la estatua del parque de la que ninguno de los dos sabía a quien homenajeaba. La tarde había llegado a ese punto en el que la escasa luz del día ya es incapaz de extraer los colores y todo parece gris y sin brillo.

Él llegó con más de diez minutos de antelación porque temía no poder resistir la mirada de ella mientras se acercaba.

Cuando la vio aparecer a lo lejos se quedó extasiado contemplándola. “Dios mío, por fin voy a estar a solas con ella”.

Ella llegó resuelta y superando la torpeza de él le dio un beso en cada mejilla, divertida ante su azoramiento.

Se sentaron en el banco uno al lado del otro. Ella le miraba con una expresión tierna, pero con un punto de burla pícara asomada a sus hermosos ojos verdes.

-Tengo sólo media hora, dijo ella, he tenido que decir que necesitaba fotocopiar unos apuntes para Marta.

-Yo también tengo que volver pronto, mis padres no quieren que salgan entre semana.

-Entonces, sólo podremos vernos los fines de semana – dijo ella, con un mohín de contrariedad.

-Sí – dijo él, apesadumbrado – sólo los fines de semana. No sé si podré estar tanto tiempo sin verte – y se sonrojó por lo audaz de su comentario.

-Alguna tarde podremos escaparnos, como hoy, aunque sea para vernos cinco minutos.

-Sí, tendremos que hacerlo – dijo él decidido y lamentando no tener tres o cuatro años más. Estaba seguro de que con quince años sus padres le dejarían salir entre semana... y es posible que hasta tener novia.

martes, 4 de octubre de 2011

Sin tiempo que perder

Llegó a lo alto de la colina, desde donde divisó, en el fondo de valle, el pueblo pequeño con las casas que se amontonaban a la orilla del arroyo y no terminaban de decidirse a trepar por la ladera. Ése era el sitio.

La luz del sol se había ocultado tras las montañas más altas a su espalda y el pueblo se llenaba de obscuridad, sin que las escasas luces de las farolas, ni las tímidas que se escapaban por algunas ventanas, lograran disiparla.

Siempre sentía la misma extraña melancolía antes de entrar en acción. Imaginaba brevemente las vidas de las personas que habitaban aquellas casas: la joven que soñaba con poder escapar del pueblo que le pesaba como una losa, la esposa ya madura que había emprendido una aventura absurda con un jovencillo del pueblo vecino, el hombre joven que luchaba por sacar a su familia adelante, la mezquindad del vecino que se iba quedando poco a poco con todo lo que de valor había en aquel pueblo...

Un ligero temblor agitó la tierra. Salió de su ensimismamiento y emprendió el camino, deprisa, ladera abajo. Esa noche iba a tener mucho trabajo en aquel pueblo, así que no había tiempo que perder.