viernes, 27 de enero de 2012

Aparentando calma

Caminaba con paso decidido, a veces no podía evitar correr, pero se controlaba cuando notaba las miradas extrañadas de las personas con las que se cruzaba. Ya no era ningún joven, vestía traje y corbata y no parecía el tipo de persona que va corriendo por la calle.
Pero su impaciencia crecía con la misma rapidez que disminuía la distancia a su destino y, sobre todo, el valor para llevar a cabo su propósito.
Antes de doblar la esquina se detuvo, recuperó el aliento, se atusó el pelo, recolocó su ropa y, respirando profundamente, se acercó despacio al local en el que sabía que la encontraría.
La buscó desde fuera, a través de los cristales. No había mucha gente en la cafetería a aquellas horas, así que no le resultó difícil verla sentada a una de las dos únicas mesas que estaban ocupadas. Frente a ella estaba su amigo de alma, el compañero de toda la vida desde que se conocieran a los tres años en la escuela. Siempre juntos, siempre colegas. Él responsable, estudioso, formal. Su amigo era el contrapunto, aprobaba por los pelos, siempre dispuesto a gastar una broma, siempre dispuesto a hacer cualquier cosa que no fuera estudiar.
Ya adultos, él terminó su carrera, sacó unas oposiciones y se casó con la novia de toda la vida. Bueno, toda la vida salvo los periodos en los que había sido novia de su amigo.Pero, finalmente, él fue quien se casó con ella.
Su amigo había rodado un poco por la pendiente y en más de una ocasión no logró mantenerse en el lado correcto de la línea. Pero siempre había conseguido salir adelante.
A él se le abrieron los ojos un día que su mujer dejó el móvil en la mesa mientras iba al baño. Llegó un mensaje, él miro instintivamente. El mensaje era de la operadora, pero no pudo evitar ver los que le antecedían; eran de Jorge, dos, tres. Cogió el móvil, cuatro, cinco. Todos los mensajes eran de su amigo.
Miró hacia la puerta del baño y abrió uno de ellos: “te echo de menos”. Abrió uno más: “a las 9 donde siempre”. Y un tercero: “te quiero”.
La vio venir por el rabillo del ojo. Dejó el teléfono con disimulo y boca abajo para que ella no viera la pantalla iluminada. Desde entonces empezó a planear lo que haría.
Después de pensar todas las venganzas posibles: matarla, matarlos, matarse, las dos cosas, decidió que no tenía valor para nada de eso.

Y, por fin, allí estaba, a punto de abrir la puerta y entrar en la cafetería.
Ellos estaban sentados de tal forma que pudo acercarse sin que le vieran. Llegó casi hasta su mesa y en una última zancada se plantó ante ambos. Ellos le miraron sorprendidos.
- ¡Sois unos cabrones! – les dijo, y se sintió estúpido, él nunca decía tacos y en su boca sonó ridículo.
Ella abrió la boca para decir algo, pero antes de que lo hiciera él la detuvo con un gesto de su mano. Después, se dio media vuelta y se alejó caminando lentamente aparentando una calma que estaba muy lejos de sentir.

sábado, 21 de enero de 2012

Finalizó "Con un trozo de tiza y un cuchillo"

Hoy cierro esta iniciativa que comenzó el treinta de octubre y que se prolongó hasta hoy, mucho más allá de la fecha prevista, debido a que seguían llegando colaboraciones.

Pero en algún momento hay que terminar y ahora es un momento tan bueno como otro cualquiera.

Es posible que más adelante surjan nuevas iniciativas para participar con relatos, reseñas, noticias relacionadas con la literatura, etc.

Sin embargo, os invito a todos los que escribís, leéis o reseñáis a enviarnos una nota con el enlace a la página donde se ha publicado vuestro relato, donde publicitáis vuestra novela o donde escribís vuestras reseñas para que demos cuenta de ello en el Blog de Ebude.

También podéis enviarnos vuestras novedades: publicación de vuestra novela, salida a la venta en una librería digital, etc.

En fin, que este Blog de Ebude se pone a vuestra disposición para hacerse eco de vuestras novedades.

 

domingo, 15 de enero de 2012

Ella nos cuida, de Isabel Lebais

Isabel Lebais ha enviado un nuevo relato para colaborar en "Con un trozo de tiza y un cuchillo". En esta ocasión es un relato con un contenido mágico y que parece ser un homenaje a una amiga perdida.

Ya sabes, todos los relatos puedes leerlos pinchando en este enlace.

 

 

viernes, 6 de enero de 2012

Noche de Reyes

Salió a la calle una hora antes de que comenzara la Cabalgata de Reyes. Le gustaba ver las calles llenas de gente, los padres y abuelos con los niños, oír retazos de las conversaciones.

- Tienes que portarte bien…

- Debes gritar fuerte para que te oigan…

- Eso no lo has puesto en la carta…

En los niños aumentaba la ansiedad y la impaciencia y en los padres crecía la ilusión que creían haber perdido.

Dio un largo paseo empapándose del ambiente mágico de ese día y luego regresó lentamente a la esquina en la que solía ver la Cabalgata en los últimos años.

Se quedó apartado, pegado a los edificios, no quería molestar; ese día los niños tenían preferencia absoluta.

El griterío aumentaba a medida que los tambores y la música se acercaban y se hicieron ensordecedores cuando los Reyes llegaron a su altura.

- ¡Grita fuerte, hijo! ¡Gaspaaaar!

- ¡Me ha mirado! mamá, ¡me ha mirado!

Las caras arrobadas de los niños le hicieron recordar los años en los que él iba con sus hijos o, algo más reciente, con sus nietos.

Apartó con la mano los recuerdos que habían nublado ligeramente sus ojos y siguió observando aquel heterogéneo desfile: soldados, pastores, músicos, personas ataviadas con los trajes regionales… Cuanto más disparatado resultaba el conjunto más efecto parecía tener en los niños que contemplaban todo como propio de la noche mágica que les habían prometido.

Cuando hubo terminado, se quedó un tiempo viendo cómo la gente se dispersaba en todas direcciones. Después, emprendió lentamente el camino a su casa.

Se detuvo en una confitería y poniendo en peligro su economía mensual y su salud compró el roscón de reyes más pequeño que tenían. Lo de la salud no tenía mucho arreglo, pero la economía la parchearía alargando ese roscón para el desayuno de toda la semana.

Ya en su casa, le alivió del frío reinante la entrañable atmósfera creada por las luces del árbol de Navidad que, a pesar de su temor a un cortocircuito y al próximo recibo de la luz, había dejado encendido para no encontrar el piso tan vacío.

Calentó un vaso de leche en el microondas y le añadió un poco de cacao que apenas tiñó el líquido. Cortó dos dedos de roscón y después de rebañar la crema que quedó en el cuchillo lo fue comiendo muy lentamente, saboreando cada pequeño bocado.

Cuando hubo terminado, se quitó los zapatos y los limpió muy cuidadosamente, como siempre, cuando niño, le decía su madre antes de ponerlos bajo el árbol. Ella le decía que debían estar muy brillantes, pero los suyos ahora hacía ya mucho tiempo que habían perdido el brillo para siempre.

Fue hasta el salón y los colocó bajo el árbol. Después dejó una jarra de agua y un poco de azúcar para los camellos y el roscón, por si a los Reyes les apetecía comer un poco; aunque rezó para que no lo hicieran, porque le dejarían sin desayuno durante varios días.

Apagó el árbol y salió del salón cerrando la puerta tras él. Esa noche no vería la televisión, tenía que dormirse pronto para que vinieran los Reyes Magos.