martes, 3 de diciembre de 2013

El huésped

El colmo de la originalidad consistía para ella en salir a la calle con un vestido de gasa transparente, que dejaba ver una preciosa ropa interior de encaje y que hacía algo más que insinuar sus sugerentes encantos, un larguísimo foulard de la misma tela que el vestido rodeando su hermoso y largo cuello y una enorme pamela a juego rematando el conjunto como podría haberlo hecho con idéntica majestuosidad una corona real.
Lo hacía no muy a menudo, una vez al mes o incluso con menos frecuencia y su único fin era el placer que sentía al ver las caras de las personas que se cruzaban con ella por la calle. Caras de asombro, de deseo, de censura, de escándalo… Por eso no podía prodigarse, porque si se acostumbraran a verla nadie le prestaría ninguna atención.
Cuando no se dedicaba a esta inocua actividad, o sea, casi siempre, se dedicaba a trabajos de diferente índole y que tenían en común la escasa valoración social y la inexistente estabilidad: cuidaba ancianos, niños, limpiaba casas, servía banquetes o limpiaba piscinas. Todo era bueno para poder pagar la luz, el teléfono y comer sin grandes lujos.
No tenía grandes necesidades, nadie dependía de ella y vivía en un piso grande y viejo heredado de su madre y que había ido vaciando de mobiliario en las épocas malas en las que el trabajo escaseaba más de la cuenta.
Cuando ya sólo le quedó una habitación medianamente amueblada y un colchón sin cama en la que descansar tuvo que decidir entre vender esos restos o resignarse a lo que siempre se había resistido: alquilar una habitación y compartir la casa con un extraño.
Su sentido práctico triunfó por una vez y decidió poner una anuncio en el corcho del supermercado entre los de se dan clases particulares, se cuidan niños, se vende coche de bebé…
Su pragmatismo no había llegado a matizar que el huésped debería ser de sexo femenino y el destino llevó ante su puerta a un señor maduro, bien vestido, de modales exquisitos y con un decadente olor a Varón Dandy que le hizo irresistible a los ojos de Elena. Así que no lo pensó dos veces y, cuando se dio cuenta, le estaba vendiendo las excelencias de la casa y de ella misma como compañía.
Baltasar se mostró encantado con la habitación, no dio muestras de haber reparado en el extraño vacío del resto de estancias y se instaló aquella misma tarde llevando como todo equipaje un extraño maletín que justificó ante la mirada interrogadora de Elena con un escueto: en alguna vida fui médico.

Los golpes sonaron con urgencia al golpear la puerta de la entrada, pero él continuó limpiando los instrumentos y depositándolos con cuidado en el maletín. Oyó el estruendo de la puerta al romperse cuando la reventaron para entrar y los pasos apresurados recorriendo la casa.
Cuando entraron en el baño tenía en la mano un bisturí manchado de sangre, el guardia civil hizo un gesto perentorio con la mano, y Baltasar supo que hasta allí había llegado.