domingo, 20 de abril de 2014

Futuro bajo sospecha, de M. Carmen Rubio Bethancourt

Sinopsis
 
 "Una noche miles de personas son víctimas, inesperadamente, de un terremoto. La mejor manera de socorrerles parece ser aprovechar un refugio militar que existe en la zona afectada, y que, de momento, puede ofrecer amparo a los damnificados en tanto no se elimine el peligro que ha provocado el seísmo. Sin embargo, lo que a priori parece ser un remedio temporal para afrontar el desastre, encubre algo más, algo que, al conocerse, dará a pensar a los residentes de aquel lugar, que el destino de la humanidad pende de un hilo. Este drama es vivido y narrado por Desirée, su protagonista, una joven que, junto a sus cinco compañeras, intentará, dentro de aquel búnker donde se protegen, no sucumbir a la tragedia."

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Detalles 
ISBN: 9781291796322
Copyright:Licencia estándar de derechos de autor
Edición: primera edición
Publicado: 20 de abril de 2014
Idioma: Español
Páginas: 156
 

sábado, 19 de abril de 2014

Relaciones laborales


Salió de casa muy temprano, a la hora que acostumbraba a ir al trabajo. Sin embargo, hoy, por primera vez en cuarenta años, no tenía trabajo al que ir. El día anterior había conseguido que su empresa le firmase el finiquito y le liberase de la pesada carga de tener que ir a trabajar cada día. No había sido fácil y, además, le había costado un buen puñado de dinero y un montón de horas de negociación para evitar ir a los juzgados, como la empresa había pretendido desde un principio. Afortunadamente el último acuerdo patronal-sindicatos recién firmado, quinto en estos siete primeros años del siglo XXII, establecía unas condiciones más favorables para que el trabajador pudiese abandonar la empresa. Se mantenían las condiciones objetivas que ya se habían establecido en los acuerdos anteriores, pero se contemplaban unas posibilidades por excepción que permitían al trabajador iniciar un proceso de «regulación de empleador» mediante el cual podía llegar a prescindir del empresario y verse liberado de la obligación de trabajar. De acuerdo con la reforma constitucional del año dos mil cincuenta, todo español tenía la obligación de trabajar una vez cumplidos los dieciséis años o finalizados los estudios que el estado le hubiese programado. Esta obligación se amplió a todos los residentes en España, cualquiera que fuese su nacionalidad, en la reforma de dos mil sesenta y tres, después de las presiones de la patronal, que consideraba demasiado rígido un mercado de trabajo que sólo obligaba a los residentes de nacionalidad española, pues el continuo descenso de éstos, derivado de la baja natalidad que se venía arrastrando desde los años ochenta del siglo XX, hacía que los empresarios españoles estuvieran, según ellos, en inferioridad de condiciones ante sus competidores del resto de la UEA (Unión Europea y Africana), que tenían legislaciones menos rígidas, que permitían, incluso, que el Ministerio de Trabajo correspondiente organizara inmigraciones masivas de trabajadores de sus antiguas colonias cuando los trabajadores del país, ante la escasez de mano de obra, se resistían a la firma de convenios colectivos con descensos de salario razonables, que ponían en peligro el aumento de los legítimos beneficios a los que todo empresario, por el sólo hecho de serlo, tenía derecho (reforma constitucional de dos mil veintitrés, pactada entre patronal y sindicatos y refrendada con alborozo por las Cortes Españolas en reunión plenaria en la que todos los partidos políticos alabaron la madurez y responsabilidad de los representantes de los trabajadores).
La sonrisa de Javier se iba ampliando a medida que recordaba cada detalle de su negociación y la habilidad con la que había sabido llevarla. Con la nueva reforma laboral en la mano se había presentado en el departamento de recursos humanos y les había entregado por duplicado la solicitud de cese en sus labores de trabajador, la cual había diligenciado, como era preceptivo, en el Instituto Nacional de Empleadores (antiguo INEM). En dicha solicitud figuraba la oferta de indemnización a la empresa por dejar el trabajo veintidós años antes de la edad mínima de jubilación.
Se había pasado toda su vida ahorrando y jugando a toda clase de loterías y quinielas, pero había merecido la pena, al fin, el premio gordo de la lotería de Navidad, le había permitido librarse de su empresario. Era un afortunado en una sociedad en la que hombres y mujeres estaban obligados a trabajar hasta los ochenta años para alcanzar una plaza en un asilo público y sólo unos pocos privilegiados lograban reunir el dinero suficiente para comprar su libertad.

domingo, 13 de abril de 2014

Había vuelto a ocurrir

Refugiado bajo la marquesina de la parada del autobús, con las manos en los bolsillo y el cuello del anorak subido hasta las orejas, trataba de protegerse del frío que le llegaba hasta los huesos o que salía de ellos, porque hacía muchos años que se le había metido dentro y no era capaz de quitárselo de encima ni siquiera en los días más calurosos del verano.
Todo empezó en uno de aquellos años en los que la crisis fue arrasando con todo. Lucas, al principio, la veía lejana, como algo que solo le sucedía a los demás. Después empezó a notar cómo se acercaba: cayeron vecinos, amigos; más tarde le llegó el turno a algunos compañeros de trabajo y, finalmente, cuando creía que el peligro había pasado, recibió la carta que le comunicaba el despido por causas estructurales, que era la manera en la que su empresa le pegaba la patada y le ponía en la calle con una indemnización ridícula después de veinte años de trabajo y con cincuenta años a sus espaldas que lo condenaban para siempre al paro y a la miseria.
Con el paro y la escasez de dinero los problemas de su matrimonio salieron a la luz adquiriendo una dimensión que él nunca había imaginado. El desprecio que vio en los ojos de su mujer le demostraron de la manera más diáfana y cruel el fracaso en que se había convertido su vida.
Sus dos hijos no quisieron saber nada de él. Junto a su madre no vivirían con los lujos que habían disfrutado hasta entonces, pero no les iba a faltar de nada. Con él, en cambio, no tendrían ninguna garantía.
Habían pasado tres años desde entonces y su vida, que había caído en picado al principio, había seguido deslizándose lentamente cuesta abajo.
La vio acercarse apresuradamente, al principio, más lentamente, cuando se percató de su presencia. Cuando llegó a su altura le preguntó:
--¿Falta mucho para que llegue el autobús?
Lucas vio sus labios moverse y detenerse dibujando, nerviosos, una sonrisa, pero no fue capaz de entender lo que habían dicho.
La chica repitió la pregunta visiblemente nerviosa mientras empezaba a planear la manera de alejarse de allí sin demostrar que le daba miedo aquel hombre que la observaba fijamente sin dar muestras de entender lo que le estaba preguntando.
Lucas notó cómo se despertaban en él la furia que precedía a la tragedia. Se levantó sin dejar de observar los labios de la chica, por lo que no pudo ver el miedo asomando a sus ojos.
La boca se abrió y al poco rato su lengua asomó entre ellos, incongruente, como si tuviera vida propia. Entonces miró sus ojos y vio que estaban muy abiertos y se movían enloquecidos. Después se detuvieron mirándolo asombrados, pero notó que algo se había escapado de ellos.
Sintió las manos doloridas, los dedos agarrotados. Aflojó la presión que estaban ejerciendo y al tiempo que sus brazos se desplomaban exangües a lo largo del cuerpo, el rostro de la chica desaparecía de su vista, su cabeza golpeaba el suelo con un ruido sordo y su cuerpo desmadejado descansaba en la acera como una enorme muñeca de trapo abandonada de cualquier manera.
Alzó la vista, el leve resplandor de la aurora asomaba a lo lejos por encima de los tejados. Notó de nuevo el frío en los huesos. Se alzó los cuellos del anorak y comenzó a caminar lentamente.
Había vuelto a ocurrir.