domingo, 25 de mayo de 2014

La venganza

Encendió el ordenador, abrió Spotify y buscó Nabucco. Reprodujo en primer lugar el coro Va, pensiero, después inició la reproducción de la ópera desde el principio.
Necesitaba crear el ambiente adecuado que le permitiera evocar los momentos pasados en los que la tristeza no existía, estaba desterrada.
Necesitaba que la música le devolviera a cinco o siete años atrás, a la época en la que había sido feliz, cuando su relación con Elisa acababa de comenzar y los dos habían empezado a vivir un mundo nuevo y maravilloso, un mundo que se ponía a su alcance y que nunca antes nadie había podido disfrutar, ni podría hacerlo en un futuro. Ese mundo era suyo, únicamente suyo. Pleno y excluyente. Nadie más cabía en él.
Pero, un mal día, todo se había desmoronado sobre su cabeza y lo había dejado malherido y exangüe.

Llegó a casa a la hora de siempre y se puso a hacer los preparativos para tener la cena dispuesta un hora más tarde, cuando Elisa regresaría de su trabajo. Cuando lo tuvo todo dispuesto, Enrique puso música en el equipo del salón, se sirvió una copa de vino y se dispuso a esperarla leyendo, como hacía casi todas las tardes.
Cuando miró el reloj había pasado una hora y cuarto. Cogió el teléfono móvil y comprobó que no tenía ningún mensaje. Siguió leyendo durante diez minutos más, pero tuvo que dejar el libro porque la tardanza de Elisa empezaba a preocuparle. Cogió el teléfono varias veces para llamarla, pero otras tantas se arrepintió. No quería parecer absorbente. Elisa podría haberse retrasado por muchas razones: trabajo, un encuentro casual, una cerveza con una compañera que necesitaba compartir sus problemas…
Dos horas más tarde decidió que era el momento de llamar. <<Dos horas de retraso son una buena razón>>, se dijo.
Los tonos de llamada se repitieron inútilmente. Elisa no respondió. Enrique empezó moverse entre el enfado y la preocupación. Temía que le hubiera sucedido algo, esperaba que no hubiera sido así, pero, entonces, aparecía el enfado por la falta de noticias, por no haberle avisado de que se retrasaría.
Ya habían pasado casi tres horas cuando su teléfono comenzó a sonar. Lo cogió con tanta precipitación que se le cayó de las manos.
<<¡Mierda!>>, exclamó.
Recogió el teléfono de la alfombra, descolgó y la voz impersonal que le preguntaba si era un familiar de Elisa le hizo presagiar lo peor. Nada más hubo contestado, la voz siguió hablando, pero él apenas supo entender lo que le decía; a su mente sólo llegaban palabras sueltas, sin sentido: accidente, hospital, grave, quirófano, operación, coche…
De alguna manera supo entender el nombre del hospital en el que Elisa, al parecer, se debatía entre la vida y la muerte, pero cuando llegó, tras un interminable viaje de apenas veinte minutos, la lucha había terminado y Elisa había perdido.
Enrique se derrumbó. Se dejó caer en uno de los asientos de la sala de espera en la que se encontraba y con la cabeza entre las manos lloró en silencio hasta que una persona se acercó a él y, después de enseñarle una placa, comenzó a hablar como si él pudiera entender lo que le estaba diciendo: kamikaze, sentido contrario, detenido, joven, ileso… Horas más tarde, ayudado por la medicación que le habían dado en el hospital antes de volver a casa, pudo ir recomponiendo lo que le habían contado.
Un año y medio más tarde, durante el juicio, tuvo ocasión de conocer al conductor que circulaba en sentido contrario por la autopista hasta que chocó frontalmente contra el coche de Elisa.
Era joven, por la forma de hablar y gesticular, tenía una buena educación y vestía con ropa informal de marca. Adujo en su defensa que se había equivocado al tomar la entrada a la autopista y, mirando a Enrique, pidió perdón por todo el daño que había causado.
Los agentes de tráfico explicaron con unos croquis que era casi imposible la equivocación argüida por el joven y el médico forense expuso las cantidades de estupefacientes que encontraron en su sangre tras el accidente.
Enrique oyó con horror la sentencia: siete años. Siete años de mierda por la muerte de Elisa y por dejarlo a él como un fantasma, sin ilusión ni esperanza. Y en ese momento se prometió hacer el trabajo que la justicia no había querido hacer.

Hacía sólo unas horas que había cumplido, por fin, la promesa que había alimentado su existencia durante los últimos años. Pero no se encontraba feliz.Todos esos años había vivido con la creencia de que la muerte del miserable que había matado a Elisa sería para él la liberación definitiva del peso que oprimía su existencia hasta casi no dejarle vivir. Sin embargo, ahora que ya estaba hecho, se sentía profundamente desgraciado. La espera, alimentada por el rencor que se había encargado de conservar y aumentar cada día, no había valido la pena. No sentía la liberación que esperaba. Elisa estaba muerta, su recuerdo empezaba a morir también, por mucho que él se empeñaba en mantenerlo vivo. El hombre que la había matado también estaba muerto y él seguía sin tener ninguna esperanza y, ahora ya, ni siquiera tenía ninguna razón para seguir viviendo.

La llamada a la puerta no le sorprendió, sabía que la policía no tardaría en llegar. Él no se lo había puesto nada difícil: había esperado a que saliera de la cárcel y, casi a las mismas puertas, le había descerrajado cuatro tiros.
Golpearon la puerta de nuevo con insistencia y unos gritos le apremiaron para que abriera. Enrique se levantó y recogió el anorak que había dejado tirado sobre una silla. De uno de los bolsillos interiores sacó la pistola, comprobó que tenía una bala en la recámara y que el seguro estaba quitado. Se sentó de nuevo en el sofá, apuró la copa, apoyó la espalda en el respaldo y puso el cañón de la pistola sobre la sien. Esperó unos segundos. El silencio en esos momentos era completo y él lo rompió apretando el gatillo.

Ernesto Valfer
 

 

viernes, 2 de mayo de 2014

El último verano

Hacía varias semanas que había comenzado a escanear las fotografías antiguas. Era una tarea ingente y que no tenía la seguridad de terminar, no tanto por su volumen, como porque no estaba seguro de que valiera la pena hacerlo, aunque intentaba darse ánimos con la idea de que a sus nietos les haría ilusión que les regalara un dvd con todas las fotografías, en las que podrían ver a sus padres de niños y de jóvenes, antes de que ellos hubieran nacido.
Cogió la siguiente fotografía del montón que tenía a su izquierda, sin mirarla, la puso en el escáner y con el ratón inició la operación. En unos segundos la imagen estaba en la pantalla: el hotel en el que había veraneado con sus padres hasta que cumplió los diez y ocho años.
Sus pensamientos volaron hasta el verano de sus diez y seis años y se encontraron de nuevo con Lucía. Si estuviese viendo la imagen, ésta se habría nublado con las lágrimas que llenaron sus ojos, pero no estaba mirando la pantalla y en su cerebro lo veía todo completamente nítido. 
Lucía lo había deslumbrado con sus hermosos ojos grises, sus dientes perfectos que se mostraban tras la eterna sonrisa que adornaba su cara y la voz dulce con la que, al final de aquel larguísimo verano, le dijo que le quería.
Aurelio nunca llegó a comprender lo que ocurrió después. De regreso en Madrid, la llamó ese mismo día por la noche y se encontró con que el número estaba equivocado. «¡Cómo se podía ser tan tonto!», se reprochó. Decidió esperar un par de días para ver si le llamaba ella. Al tercer día, desesperado y temiendo que ella creyese que él no tenía interés en volver a verla, llamó al hotel. Con la excusa de que tenía que devolverle un libro que le había prestado, convenció al recepcionista para que le diera su número de teléfono, pero éste, después de unos segundos de interminable espera, le dijo que en la ficha de los clientes no constaba ningún número de teléfono.
Las semanas fueron pasando y Aurelio se resignó a no volver a ver a Lucía. Pero, llegó el verano siguiente y regresó de nuevo con sus padres al hotel y también regresó la ilusión de volver a verla. Lo primero que hizo nada más llegar fue preguntar en recepción si estaban alojados los padres de Lucía. Sus esperanzas se desvanecieron cuando el empleado le dijo que no estaban y que ni siquiera tenían reserva.
Los dos meses en el hotel los dedicó a alimentar la tristeza que le producía el recuerdo de Lucía y todos y cada uno de los momentos vividos con ella el año anterior.
Aunque entonces él no lo sabía, ese fue su último verano en aquel hotel y ahora, al recordarlo, pensó que, en realidad, había sido el último verano de su vida.

Ernesto Valfer


Este relato se publicó el 2 de mayo de 2014 en Letras Inquietas
La fotografía fue publicada en Twitter por @BEAUTIFULPlCS: Picturesque. pic.twitter.com/jhmNdfW018)