sábado, 11 de julio de 2015

Fatalidad

Todo empezó a ir mal un día normal, como tantos otros. En el trabajo, a media mañana, su jefe lo llamó a su despacho para decirle que el proyecto en el que había estado trabajando los últimos dos meses casi a tiempo completo había sido descartado por la dirección y, lo que era más importante para su futuro, no les había parecido nada bien que le hubiera dedicado tanto tiempo.
--En realidad dijeron perder –le dijo--, que hubieras perdido tanto tiempo.
A Lucas no le pasó desapercibido que su jefe utilizara siempre la segunda persona del singular, cuando hasta ayer mismo siempre había utilizado la primera del plural para referirse al proyecto.
Salió del despacho con la cabeza dándole vueltas y con una sensación en el estómago a la que no quería llamar miedo, aunque sabía que era eso: miedo, puro miedo.
En cuanto pudo abandonó la oficina y regresó a casa. No tenía ganas de hablar, pero sí de acurrucarse al lado de Elena y que ella le pasara los dedos por las sienes y entre su pelo, como hacía a veces cuando él llegaba a casa agotado por un día de intenso trabajo.
Pero esa tarde Elena estaba poco dispuesta a ser la compañera cariñosa y compresiva y casi nada más atravesar la puerta abrió la caja de los reproches y echó todo su contenido encima de Lucas sin que éste entendiera qué estaba ocurriendo. Casi una hora después acabó por averiguar que se había olvidado, por enésima vez, de que ese día era Santa Elena. Lucas no había felicitado a su esposa y, por supuesto, no había comprado ningún regalo ni tenía preparada ninguna sorpresa.
Pero no todo terminó ahí. Con su tercer güisqui en la mano y tratando de olvidar que se sentía como guiñapo que, seguramente, en pocos días pasaría a ser un anónimo parado más en un país de casi cinco millones de personas sin empleo, se encontraban en el salón mirando al televisor sin prestar ninguna atención al mismo cuando oyó romperse un cristal en la parte de atrás de la casa.
Sus sentidos se pusieron alerta. Se levantó con sigilo tratando de escuchar algún ruido más que le confirmase lo que suponía. Creyó oír algunos susurros y el chasquido de cristales al ser pisados. Antes de salir del salón tomó un candelabro de la mesa del comedor, lo sopesó unos momentos en su mano y decidió que podía ser adecuado para golpear a los intrusos. Caminó pegado a la pared del pasillo, pero sin rozarla, la casa estaba en silencio y el roce de la tela podía ser suficiente para delatar su presencia. Llegó a la puerta de la cocina. Se detuvo a escuchar lo que ocurría al otro lado de la pared. Murmullos, ruido de cristales y pasos de alguien que se movía inseguro por la estancia. Se agachó y se asomó con cuidado. Lo vio en medio de la cocina, agachado, como si buscara algo en el suelo. Se acercó a él lentamente, levantó el candelabro que llevaba en su mano derecha preparándose para descargar toda la furia que tenía acumulada contra el ladrón, qué otra cosa podría ser alguien que se había colado en su casa a medianoche rompiendo el cristal de una ventana.
Estaba ya encima de él cuando éste giró la cabeza e intentó incorporarse. Lucas, asustado, golpeó con el candelabro con todas sus fuerzas. Mientras su brazo descendía cargado de furia oyó la voz de su hijo:
--¡Papá, ¿qué...?
Lucas sintió un ruido sordo y una extraña sensación en su mano cuando el candelabro impactó contra el cráneo de su hijo.