sábado, 10 de junio de 2017

El desayuno

Después de ducharse y desayunar estaba terminando de vestirse para ir al despacho. Sintió la necesidad de ir al baño, algo que solía hacer todas las mañanas antes de salir de casa. El retortijón le pilló un poco desprevenido y apenas tuvo tiempo de sentarse en el inodoro. Esperaba que aquella inesperada diarrea no fuera el principio de una gastroenteritis. De pronto, sintió una punzada en el estómago y a continuación no pudo contener un arcada y, sin tiempo para darse la vuelta, parte de su desayuno envuelto en una masa sanguinolenta se extendió por el suelo del baño. Toda aquella sangre le dejó aterrado. ¿Qué le estaba pasando?
Una arcada más y un nuevo vómito se sumó al anterior y más sangre y restos del desayuno todavía sin digerir se unieron a los anteriores. Estaba sudando, no sabía si por lo que ocurría dentro de su cuerpo o por el pánico que le invadía.
De pronto le faltaron la fuerzas y ya no fue capaz de seguir sentado en el inodoro. Se cayó entre su propio vómito. Su cerebro, bloqueado por el miedo o porque había dejado de responder como un síntoma más de lo que fuera que le estaba sucediendo, era incapaz de centrarse en nada concreto.
La idea del móvil se hizo presente en su cabeza como un sol que en medio de la noche lo llenase todo de luz. Tenía que coger su móvil, pero era incapaz de recordar dónde lo había dejado.
En la mesita, sí, lo había dejado en la mesita. Se estaba poniendo la camisa cuando llegó aquel “guas” de Marta. Sí, eso es, tenía que salir del baño y llegar hasta la mesita. No era mucha distancia, podría conseguirlo.
Pero, no podía moverse, sus miembros no lo obedecían. Su cerebro tampoco parecía funcionar mucho mejor, se había quedado como enganchado en una especie de bucle: mesita, mensajes de Marta, mesita, mensajes de Marta.
Un nuevo espasmo seguido de un vómito de sangre pareció desatascar su cerebro. Podía ver claramente, como si tuviera el teléfono en la mano, la pantalla del móvil con los últimos mensajes que se había cruzado con su esposa hacía sólo unos minutos.
—¿Ya has desayunado? —le preguntaba ella.
—Acabo de hacerlo —le respondió, rematando la frase con una carita que lanzaba un beso con forma de corazón.
—No debiste hacerlo.
Él le respondió con una carita pensativa.

Su cerebro avanzó un poco más. No sabía cuánto había tardado, porque había perdido por completo la noción del tiempo, pero su cerebro le estaba dando la respuesta: Marta, la muy zorra, por fin lo había hecho.  

*La fotografía está tomada de escandala.com

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